Carta a mi paciente nonagenario

Querido Nonagenario,

 

Hoy quiero saludarte, espero que las gafas sean suficientes para leer estas palabras que siento se escapan de mi alma con el afán de llegar a tiempo a tu corazón. Hoy te vi en la sala de examen frente a mi, con el cuerpo cansado, la piel delgada, delicada y frágil como la de un bebé, enfriada por la desnudez; mientras mis ojos buscaban respuestas, alguna pista que me guiara al cómo aliviar el dolor, a detener el tiempo o simplemente a saber en qué momento ya será suficiente. 

 

Por un lado también quiero disculparme, por todas las veces en las que mis palabras no fueron las más gentiles, por aquellos momentos en los que no noté lo difícil que es para tí algunas de las cosas más comunes, por no reconocer tus necesidades o tus miedos, por asumir que mis comentarios estan claros por estar hablando como médico, por no tomarme el tiempo de poner tu mano entre las mías y hacerlo todo porque te sientas más seguro. Sé que mi cara de niña apenas te recuerda a tus nietos y  que aún nos ves muy jóvenes. Pero quiero que sepas que llevo los últimos años de mi vida preparándome, estudiando, meditando, orando y aprendiendo cada lección para este encuentro.

 

Hoy sé que te aterra la vida un poco más que la propia muerte, haz visto tanto y sentido más que entiendes que ya se acerca un momento especial en tu existencia. Y mi ego lucha contra mucha de esa tranquilidad que de tus ojos emana, como un aire fresco de esperanza, al tiempo que esos mismos ojos me suplican que calme su dolor. En estos momentos siento la impotencia de no saber cómo mirarte, descifrar el enigma que hace que tu cuerpo débil se mantenga firme, altivo y con la mirada puesta en lo que viene. Si debo aprender a vivir el presente, no veo mejor ejemplo que tu vida aferrada a la experiencia de este hoy, al sabor del chocolate en la mañana, o a la caricia efímera de un ser querido.

 

Me siento responsable de cada segundo que pueda aprovechar tus palabras, quisiera pasar más horas escuchando cada relato de la vida que me compartes, intentando aprender las lecciones que la vida labró en tus arrugas, como si pudiera aprobar un curso leyendo tus notas. Quisiera que mi atención detallara cada expresión, cada pausa. Pero caigo de nuevo en un contratiempo, en el que mi velocidad es muy alta para poder apreciar todo lo que quieres darme, intento de nuevo acallar mi alma, silenciar mis pensamientos y entregarme nuevamente a ti.

 

Ahora, al final de la vida, quiero prometerte que me esforzaré cada segundo para que el día que no te vea, tenga la plena certeza de que hice todo lo que necesitabas, que alivié tu dolor, que escuché tus palabras, que di calor a tus manos heladas, que me entregué por completo a esa persona que en adelante me permitirá ser parte de sí en mis recuerdos.

 

Y en un próximo momento espero ser mejor.

 

Tu médica.

 

 

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